Juan Bautista había sido arrestado, pero la historia de la salvación no se detiene. El proyecto de Dios sigue su curso, porque el Reino de Dios no puede ser encadenado ni silenciado. Como expresaba con lucidez Pablo Neruda: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. Así sucede también con la obra de Dios: aun en medio de la persecución, el dolor o la injusticia, su gracia continúa abriéndose paso.
A partir de una situación difícil y humanamente dolorosa, Jesús comienza su ministerio público con libertad interior y valentía. Se desplaza, se da a conocer y proclama la Buena Nueva del Reino. Su presencia y su palabra permiten al evangelista Mateo reconocer que la decisión de Jesús de ir a vivir a Cafarnaúm es el cumplimiento de las antiguas promesas proféticas:
“Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que yacía en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció”.
Eso es exactamente lo que Jesús deja a su paso. Allí donde hay oscuridad, violencia, odio o desesperanza, Él va sembrando luz, paz, reconciliación y esperanza. Incluso cuando la historia parece marcada por el fracaso o el sufrimiento, la presencia del Señor crea nuevas condiciones de vida y abre horizontes inesperados.
El profeta Isaías lo había anunciado con claridad: “En otro tiempo el Señor humilló al país de Zabulón y al país de Neftalí; pero en el futuro llenará de gloria el camino del mar, más allá del Jordán, en la región de los paganos”.
No se trata solo de un cambio exterior, sino de una transformación profunda que culmina en la alegría: “Engrandeciste a tu pueblo e hiciste grande su alegría”. Esa alegría es el signo inequívoco de la llegada del Mesías.

Por eso Jesús retoma el anuncio central de Juan el Bautista, ahora encarcelado, y proclama la necesidad de la conversión, porque el Reino de Dios está cerca. Su llamado invita a romper las cadenas del pecado y de todo aquello que impide vivir como hijos de Dios. Cuando el Señor irrumpe en nuestra vida, no podemos permanecer indiferentes ni continuar igual: es necesario volver el corazón hacia Él y dejarnos transformar por su gracia.
La conversión tiene ciertamente una dimensión moral, porque exige renunciar a conductas y actitudes que contradicen el Evangelio. Pero también tiene una dimensión existencial más profunda: implica un cambio de rumbo, una decisión vital de ponerse en camino y de escuchar al Maestro, confiando en su palabra.
Al dejar atrás la vida pasada, el seguimiento de Cristo se convierte en la fuente que alimenta y sostiene el nuevo estilo de vida. Aquí el acento no está en el sacrificio, sino en la alegría. Para los primeros discípulos —Pedro y Andrés, Santiago y Juan— el encuentro con Jesús a orillas del mar de Galilea fue una experiencia decisiva, capaz de transformar toda su existencia. Aquella llamada —“Síganme y yo los haré pescadores de hombres”— los impulsó a dejarlo todo sin reservas.

La conversión, por tanto, no se explica como una mera obligación de renunciar, sino como la emoción profunda de haber encontrado al Señor y de haber descubierto en Él el verdadero sentido de la vida. No se pone el acento en lo que se pierde, sino en lo que se gana; no en lo que se deja, sino en aquello que se abraza con gozo.
Como ha señalado el Papa León XIV, “la conversión cristiana no nace del miedo a perder algo, sino del asombro de haber sido encontrados por Cristo y llamados a una vida más plena”. Cuando esta experiencia se vive en profundidad, todo lo demás pasa a segundo plano.
Esa misma experiencia del llamado es la que hoy estamos invitados a actualizar en nuestra vida personal y comunitaria. Volver al primer encuentro con el Señor nos ayuda a superar el cansancio, el desánimo y también las divisiones. Así lo recuerda san Pablo a la comunidad de Corinto: todos hemos sido llamados por el mismo Señor, formamos un solo cuerpo y tenemos una sola cabeza, que es Cristo. Desde esta comunión nace una Iglesia reconciliada, alegre y misionera.
- V arzobispo de Xalapa.