Nunca es el objeto, sino la historia que hay detrás

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Un muy buen amigo conocedor de mi afición por los flea markets me mando una foto y un mensaje. “Mira, 20 dólares”. La foto era de una maleta de viaje antigua, de los años 50 más o menos. Me dio la dirección.
El anticuario está a una hora conduciendo desde Washington, pero me picó la curiosidad.
Me encantan las maletas antiguas. En primer lugar porque suelen tener la estética y la clase que le faltan a las modernas. Las que llevamos hoy con ruedas son, claro, más cómodas, pero todas son iguales. Anodinas. En cambio las maletas antiguas suelen tener bastante clase y muchas son preciosas. Igual que los coches de la época, tienen personalidad.
He visto maletas antiguas de piel, paja e incluso de madera. Todas desprenden un gran halo de misterio. El otro motivo por el que me gustan es, por supuesto, porque están asociadas a viajar, que es uno de mis placeres preferidos.
Las maletas que encuentras en anticuarios también tienen atractivos adicionales. En muchas he visto tanto el nombre como pertenencias de las personas que las tuvieron e investigar esa procedencia es una experiencia maravillosa. Un viaje por la historia. Otras tienen adhesivos antiguos y preciosos de los lugares por los que tránsito.
En definitiva, caí en la tentación y fui a ver si la maleta aún estaba ahí.
En el trayecto, paré en una librería de libros de segunda mano. Encontré dos de Gabriel García Márquez: “Tres cuentos y una proclama” y “Doce cuentos peregrinos”. El precio, ridículo: un dólar cada uno.


Más adelante me detuve en otra. Buscando un libro, me encontré por casualidad con otro: “El doctor Zhivago” de Boris Pasternak, una de las historias más apasionantes jamás escritas. Tanto el libro como la película protagonizada por Omar Shariff y Julie Christie marcaron historia.
Más adelante, otra librería. En esta ocasión me encontré la primera edición de “París era una fiesta”, de Ernesto Hemingway. Sigue siendo un misterio para mí porque se encuentran tantas primeras ediciones de libros de Hemingway en el área metropolitana de Washington. Es obvio que en esa época la gente leía mucho, pero como acaban todos esos libros en estas librerías de segunda mano es todavía un enigma. Precio, cinco dólares.
Y aun me quedó tiempo para detenerme en otra librería antes de llegar al anticuario. Igual que las anteriores, con miles de libros.
Busqué la sección de libros en español, pero no tenían nada de literatura. Sin embargo, por causalidad y al lado de esa sección estaba la de Hispanoamérica.
Hice un rápido recorrido visual y un ejemplar me llamó la atención. “Viaje al lejano Amazonas”, de Alain Gheerbrant.
Fue un editor, escritor y explorador francés que se hizo famoso por su expedición por los ríos Orinoco y Amazonas y también por ser el primer occidental en realizar un contacto pacifico con la comunidad de los Yanomamis. La expedición duró dos años.
Yo he hecho dos expediciones al Amazonas. Una de ellas me llevó a más de 500 kilómetros más allá de la capital amazónica del Perú, Iquitos. Llegamos a zonas extremadamente remotas, peligrosas y a las que tampoco había ido nadie. Una experiencia única. En especial, si la puedes contar.
Ese tema me fascina, así que comencé a repasar el libro. El relato me imantó. No obstante, el ejemplar traía consigo un misterio mucho mayor.
El libro incluye un mapa que muestra los lugares que recorrió la expedición de Gheenrbrant.


Lo observé con detenimiento. Y fue entonces cuando aprecié una nota escrita a mano en uno de los lados del mapa. La nota incluía el nombre de una persona e información relativa a uno de los barcos de guerra americanos que más misiones realizó durante la Segunda Guerra Mundial.
¿Qué relación tenía el nombre con el barco? ¿Por qué estaba escrita esa información en el mapa de un libro sobre una expedición a lo más profundo del Amazonas?
La curiosidad por la maleta me llevó hasta este fantástico libro que me abrió una puerta a quizás otro gran misterio.
Navegar por estos flea markets o librerías de segunda mano siempre tiene una recompensa. En esta ocasión podría ser mayúscula.
Mientras, la maleta de 20 dólares (que fue menos porque había rebaja) reposa en mi casa.
Aún no la he abierto. ¿Tendrá el nombre de su propietario-a? ¿Habrá información dentro que provea detalles sobre el dueño, que hizo, por dónde viajó, qué tipo de vida tuvo? ¿Se abrirá algún otro misterio?
Nunca es el objeto que compras, sino lo que hay detrás de ese objeto. Su historia.