Vencer eligiendo a Dios cada día

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Como nuestros primeros padres, también el pueblo de Israel sucumbió a las tentaciones. A pesar de que en ambos casos contaban de manera privilegiada con la amistad y el favor de Dios, se dejaron seducir: por la serpiente en el paraíso, en el primer caso, y por el becerro de oro en el desierto, en el segundo. De este modo dieron la espalda a la bondad y al amor infinito de Dios.
De la misma manera, como en el principio Adán y Eva, y como después el pueblo de Israel, también nosotros seguimos expuestos a la seducción del maligno, a los engaños de la serpiente que —como dice el libro del Génesis— sigue siendo el más astuto de los animales del campo. A veces,nuestra soberbia nos hace creernos más listos y más fuertes, pero en realidad terminamos pervirtiendo el corazón y quedando indefensos ante sus propósitos.
Frente a la caída de Adán y Eva, a las infidelidades del pueblo de Israel y a nuestras propias caídas, el Evangelio abre un horizonte de esperanza al presentarnos la lucha de nuestro Señor Jesucristo, que nos señala el camino para desenmascarar las trampas del enemigo y rechazar sus engaños y seducciones.
Necesitamos, en primer lugar, ser humildes. Debemos reconocer nuestra situación delante de Dios y aceptar nuestra propia debilidad, así como la necesidad fundamental que tenemos del Señor. Solo así no dejaremos de luchar, especialmente cuidando nuestra vida de oración e intensificando los momentos de intimidad con Él.
Aunque a veces nos creamos muy astutos, no somos todopoderosos ni invencibles por nuestras propias fuerzas humanas. La serpiente sigue siendo el más astuto. Por eso tenemos que aceptar con humildad que solos no podemos y que, en esta lucha contra el mal, necesitamos de la gracia de Dios. Jesús mismo, entregado por completo a la oración y lleno del Espíritu del Señor, rechazó las tentaciones del enemigo con la Palabra de Dios.
La Cuaresma viene a motivarnos a redescubrir el gusto por la vida de oración. No basta la buena voluntad ni la disposición interior que podamos tener. Necesitamos buscar cada vez más el diálogo con Dios, salir de la rutina de nuestra vida ordinaria y cultivar la amistad con Él, para ser fortalecidos y reconocer con mayor claridad las trampas que el enemigo pone en nuestro camino. La Cuaresma debe ser para nosotros una verdadera búsqueda de Dios, un deseo renovado de “ver a Jesús”, que nos infunda ánimo y confianza en la lucha contra las asechanzas del mal.


Decía san Juan Pablo II: «Nuestra oración durante la Cuaresma va dirigida a despertar la conciencia, a sensibilizarla a la voz de Dios. “No endurezcan el corazón”, dice el salmista. En efecto, la muerte de la conciencia, su indiferencia en relación al bien y al mal, y sus desviaciones son una gran amenaza para el hombre. Indirectamente son también una amenaza para la sociedad, porque, en último término, de la conciencia humana depende el nivel de moralidad de la sociedad».
En segundo lugar, tenemos que reconocer que la tentación es, en definitiva, el intento del maligno por llevar al hombre a renunciar a Dios y alejarse de Él. Se trata de la expresión más radical del egoísmo y de la autosuficiencia: edificar la vida personal prescindiendo de los demás y construir la vida colectiva expulsando a Dios de la sociedad.
De este modo el tentador provocó también a Jesús, invitándolo a renunciar al Padre, a olvidarse de su misión y a construir su vida según su propio gusto y capricho. El diablo se retiró en aquel momento, como dice el Evangelio, pero continuó atacándolo a lo largo de toda su vida.
Las tentaciones de Jesús son, en el fondo, las mismas que nosotros enfrentamos en nuestra existencia. Por eso debemos imitar su actitud y tener presentes sus respuestas a la hora de rechazar las propuestas del enemigo.
La primera: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”. Es la tentación de reducir la vida a lo material, de vivir solo para satisfacer necesidades inmediatas, de pensar que lo más importante es tener, consumir, asegurar el bienestar. Jesús responde: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Aquí está una clave para nuestra Cuaresma: no basta llenar la vida de bienes materiales si el corazón está vacío de Dios.
La segunda tentación: “Tírate abajo, porque Dios mandará a sus ángeles que te sostengan”. Es la tentación de usar a Dios, de querer una fe sin cruz, sin esfuerzo, sin perseverancia. Jesús responde: “No tentarás al Señor tu Dios”. La fe verdadera es confiar en Dios incluso cuando el camino es exigente.
La tercera tentación: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Es la tentación del poder, del éxito a cualquier precio, de la gloria fácil. Jesús responde: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo servirás”. Aquí se decide lo esencial de nuestra vida: ¿a quién adoramos realmente?, ¿a Dios o a nuestros propios ídolos?


En la primera tentación, Jesús nos hace ver que alimentarse solo de las cosas de la tierra no conduce a la felicidad. El hombre no puede contentarse únicamente con ese alimento: si viviera así, tendría siempre un hambre insaciable.
En la segunda, nos enseña que el hombre no está hecho para poner a Dios a prueba; lo que importa es vivir en comunión con Él y confiar verdaderamente como hijos.
Y en la tercera, reafirma que el hombre no está hecho para adorar a nadie que no sea Dios: solo ante Él debe inclinarse y a Él solo debe servir.
Cuando se idolatra a los hombres o a las glorias de este mundo, se queda expuesto a la injusticia y se pone en riesgo la propia dignidad.
Así pues, la gran tentación del diablo es siempre la misma, la que ya puso ante nuestros primeros padres en el paraíso: «serán como dioses». En nuestro caso sabemos que la única manera verdadera de ser como Dios es imitar a Jesucristo, que se humilló y entregó su vida por la salvación de todos.
El Papa León XIV se refiere a dos tentaciones muy actuales: «Es importante preguntarse por dos tentaciones de nuestro tiempo: la primera se fortalece con el escándalo del mal, llevándonos a pensar que Dios no escucha el clamor de los oprimidos ni se apiada de los inocentes que sufren. La segunda es la pretensión de que Dios debe actuar como nosotros queremos: la oración entonces da paso a una orden a Dios, para enseñarle a ser justo y eficaz».
Que la penitencia a la que nos invita este tiempo de Cuaresma nos ayude a consolidar la vida nueva que Jesucristo nos ofrece, una vida que ya no está sujeta a las seducciones del enemigo ni al yugo de la esclavitud del pecado.
Con la penitencia nos ejercitaremos en la lucha contra el mal, para no negarle al Señor el triunfo de su amor en nuestro corazón.
¡Con María, Todos discípulos misioneros de Jesucristo!

  • V Arzobispo de Xalapa