Vehículos carbonizados llenaban las calles desiertas mientras los residentes empezaban a salir de sus casas en Guadalajara, que se vio duramente golpeada por la violencia tras la muerte del líder de un cártel.
La mañana siguiente a una tormenta de violencia que asoló partes de México, la extensa ciudad de Guadalajara se despertó con una tranquilidad inquietante.
Las personas salieron con cautela de sus casas, en el oeste de México, donde habían pasado horas refugiándose. Empezaron a reconstruir las noticias sobre el caos que el Cártel Jalisco Nueva Generación había desatado en su estado y más allá, tras la muerte de su líder, Nemesio Oseguera Cervantes, a manos de las fuerzas mexicanas.

La violencia parece haber disminuido, al menos por ahora. Pero sus huellas eran visibles en todas partes de la ciudad de unos cuatro millones de habitantes, uno de los centros más grandes y ricos del país. Como capital del estado de Jalisco, bastión del cártel, fue una de las ciudades que sufrieron ataques generalizados de represalia tras el asesinato de Oseguera.
La mayoría de las gasolineras permanecieron cerradas. Las avenidas que, de manera cotidiana, están congestionadas por el tráfico se convirtieron en largas cintas de asfalto vacías. Las escuelas estaban cerradas y los mercados, normalmente llenos de compradores y vendedores, estaban desiertos. Las tiendas de comestibles mantenían sus cortinas metálicas corridas, mientras que los pocos restaurantes que abrían permanecían en su mayoría vacíos, con sillas apiladas o desocupados. Muchos permanecieron abiertos solo unas horas.

En el zoológico de la ciudad, más de 1000 visitantes de todo México se quedaron varados mientras los vehículos en llamas bloqueaban las carreteras principales. Veintiún autobuses que transportaban a familias se vieron obligados a permanecer durante la noche en el estacionamiento, custodiados por policías y soldados, con los pasajeros dentro, sin saber si era seguro salir. El lunes por la mañana, las familias recogieron sus pertenencias y esperaron una escolta para salir de la ciudad.
Alrededor de 100 empleados del zoológico tampoco pudieron regresar a sus casas, e intentaron dormir en oficinas y espacios improvisados, incluida la enfermería utilizada para los animales enfermos. El director general, Luis Soto, dijo que muchos no podían viajar porque se había interrumpido el transporte público; otros simplemente tenían demasiado miedo para conducir al anochecer.
Según Soto, la situación los tomó por sorpresa porque la ciudad se paralizó casi por completo.
A lo largo de la autopista, cerca del aeropuerto, un autobús yacía de lado, ennegrecido y todavía oliendo a humo, un recordatorio de los bloqueos que habían paralizado la ciudad apenas unas horas antes.
En el centro, frente a una sucursal de una popular cadena de tiendas que había sido incendiada, el casco carbonizado de un vehículo permanecía estacionado en la acera.
Edgar Martínez, de 57 años, estaba cerca, recordando cómo, justo el día anterior, había visto cómo unos hombres incendiaban el coche mientras eran perseguidos por agentes de policía. Él y su esposa, ambos vendedores ambulantes, se tiraron al suelo cuando sonaron los disparos.
Según relató Martínez, se quedaron pecho a tierra hasta que pasaran los disparos, después corrieron a casa y se quedaron ahí hasta el lunes por la mañana.

En las primeras horas del domingo, decenas de vehículos fueron incendiados y dejados en medio de las calles para bloquear el tráfico. Los residentes describieron escenas de confusión y pánico: gente que corría a refugiarse, negocios que bajaban las persianas de hierro, rumores de que “venían” pistoleros del cártel. Los videos que circulaban por las redes sociales mostraban a hombres enmascarados rociando coches y gasolineras con combustible antes de prenderles fuego.
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La noticia de la operación que condujo a la muerte de Oseguera rebotó en las redes sociales y saltó a los titulares internacionales, mientras los pistoleros de los cárteles respondían paralizando más de dos decenas de estados con bloqueos y ataques incendiarios. Al mismo tiempo, el gobierno celebró el asesinato de uno de los fugitivos más buscados del mundo, un jefe de cártel que había eludido la captura durante más de una década.
Mientras que Guadalajara se considera una de las ciudades más ricas y animadas del país, la violencia en Jalisco ha aumentado en la última década junto con el auge del cártel. Aunque los homicidios registrados en el estado han disminuido en el último año, a finales de 2025 se registraron más de 16.000 personas desaparecidas, el total más alto del país.
Gran parte de esa volatilidad se debe a la rápida expansión del Cártel Jalisco Nueva Generación. En poco más de una década, el grupo pasó de ser una facción regional escindida a una de las dos organizaciones criminales dominantes de México, con presencia en la mayoría de los estados y en decenas de países del extranjero. Su agresivo empuje territorial, sus tácticas militarizadas y su papel central en el tráfico de metanfetamina y fentanilo a Estados Unidos lo han convertido en uno de los cárteles más poderosos y relevantes de México.
Sobre el terreno, el domingo, la violencia se desarrolló en ráfagas. En otra parte de la ciudad, María Emilia López, vendedora ambulante de 54 años, dijo que estaba cerca de un cruce cuando vio a un grupo de hombres que disparaban al aire antes de prender fuego a los coches.
“No sabía qué hacer. Me quedé paralizada”, dijo, con los ojos llenos de lágrimas. Corrió a esconderse en un mercado cercano con otras decenas de personas, mujeres y niños que lloraban y gritaban. No dejaba de pensar: “¿Por qué está pasando esto? ¿Por qué hacen esto si todos somos compatriotas mexicanos?”, dijo llorando.

Muchos residentes reconocieron que matar a Oseguera fue una hazaña asombrosa, pero pocos creen que vaya a desmantelar una organización criminal con grandes recursos y una presencia arraigada en todo el estado.
Sandra Aguilar, una enfermera, dijo que no cree que el problema desaparezca mientras siga habiendo consumidores estadounidenses. Y agregó que no es solo un problema de México.
Guadalupe Rodríguez, maestro jubilado de 69 años, calificó la operación que condujo a la muerte de Oseguera, conocido como El Mencho, de paso positivo, pero demasiado poco y demasiado tarde.
Dijo que el gobierno había dejado crecer el poder del grupo como mala hierba y comparó sus efectos con los de un cáncer que se extendió.
Habló del frágil orden que imperaba antes de que mataran a El Mencho, que dijo que se sostenía gracias a la corrupción y a los acuerdos entre las autoridades locales y el cártel que dieron lugar a una tregua tácita.
El maestro dijo que el orden y la aparente paz la imponen los integrantes del grupo y no se le permite a la población romper las reglas y quebrarlas puede significar la muerte para algunos.
La relativa calma no había llegado a todos los lugares.
A unas dos horas al sur de Guadalajara, en la localidad montañosa de Tapalpa, un popular refugio de fin de semana conocido por sus cabañas en el bosque y su encanto de pueblo pequeño, los residentes siguen atenazados por el miedo. Fue en esa idílica comunidad, donde dijeron las autoridades que Oseguera fue capturado y asesinado el domingo.
Ahora, el antaño tranquilo pueblo parece aislado. Las carreteras de acceso siguen bloqueadas por el cártel, y los movimientos de entrada y salida están restringidos.
“Básicamente nos tienen atrapados”, dijo Rocío, una maestra de Tapalpa que pidió ser identificada solo por su nombre de pila porque temía por su seguridad y también tenía miedo de que estuvieran planeando algo contra la población civil.
Los médicos y el personal de salud no pudieron entrar en la ciudad debido a los bloqueos activos y a los daños en las carreteras, lo que obligó a su padre a faltar a una cita médica programada, dijo.
En los últimos años, algunas partes de los picos de la sierra que rodean Tapalpa han servido de escondites ideales para los miembros del cártel, donde los ranchos y las propiedades remotas están rodeados de sinuosas carreteras de montaña y puntos de acceso limitados. Ofrecían el aislamiento y la protección que cobijaron a El Mencho y a sus operativos cercanos durante años.
A última hora de la tarde, la vida en Guadalajara empezó a reanudarse lentamente, pero el miedo y el nerviosismo persistían.
Para Aguilar, la enfermera, la calma daba más miedo porque para ella significaba que podían lanzar una ofensiva en cualquier momento. Aunque también agregó que tenían que seguir con sus vidas.