Como diría el dicho popular: “se pasan de lanza”.
Y no es exageración.
Cada vez es más frecuente ver una escena que debería avergonzarnos como sociedad, el día en que los abuelos y abuelas cobran su pensión -ya sea la del programa Bienestar 65+ o la del IMSS- se convierte también en el día en que algunos familiares se aprovechan de ellos, y… ¡Viva la vida!
Como a muchos adultos mayores se les dificulta usar los cajeros automáticos, piden ayuda a alguien cercano, ya sea una hija, un hijo, un nieto. Pero lo que debería ser un gesto de apoyo termina, muchas veces, en un abuso.
Con frases como: “No te llegó completa tu pensión”, algunos de estos “ayudantes” hacen de las suyas y, con disimulo, le meten mano a los billetes -a los famosos “azulitos”- que terminan guardados en bolsillos ajenos.

O la otra escena, también muy común y que muchos hemos visto es cuando acompañan al abuelo o a la abuela al supermercado y llenan el carrito de despensa… pero a la hora de pagar, el que saca la cartera es el adulto mayor. Al final, al pobre viejo o vieja casi ni le queda para sus propias medicinas.
Es cierto, también hay abuelitos varones que gastan parte de su pensión buscando cariño en brazos jóvenes que cobran por ese servicio… pero ese ya es otro cantar.
Lo verdaderamente triste es ver cómo, en taquerías, marisquerías o fonditas, hay adultos mayores -hombres y mujeres- que terminan pagando la cuenta del hijo flojonazo, de la hija abusiva, del nieto vivales o hasta de la nuera muy quitada de la pena.
Y entonces uno no puede evitar pensar: ¡Qué barbaridad!
Porque una cosa es ayudar a la familia… y otra muy distinta, vivir de los abuelos.
¿A poco no?
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