Una Semana Santa fecunda y transformadora

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Por JORGE CARLOS PATRÓN WONG*

La agitación de los ramos en la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén contrasta de manera impactante con la proclamación solemne de la Pasión del Señor. En un mismo día contemplamos la aclamación jubilosa y el drama del rechazo; el entusiasmo del pueblo y la tragedia de la cruz. Aquellos que extendían sus mantos y proclamaban “¡Hosanna al Hijo de David!” son los mismos que, pocos días después, gritarán con violencia: “¡Crucifícalo!”.

Así, el Domingo de Ramos nos sitúa ante un misterio profundamente humano y espiritual: la coexistencia del gozo y la tristeza, de la fidelidad y la traición, de la alabanza y la condena, de la vida y la muerte. Esta tensión no es ajena a nosotros; por el contrario, refleja con claridad la realidad de nuestra propia vida cristiana, marcada muchas veces por contrastes, incoherencias y luchas interiores.

También nosotros oscilamos con frecuencia entre el “¡Hosanna!” y el “¡Crucifícalo!”. Aclamamos al Señor con nuestros labios, pero lo negamos con nuestras obras; lo reconocemos en la liturgia, pero lo ignoramos en el hermano; lo buscamos en momentos de necesidad, pero lo desplazamos cuando sus exigencias incomodan nuestra vida. Cada vez que cerramos el corazón al prójimo, cada vez que despreciamos la dignidad de los demás o justificamos la injusticia, volvemos a levantar la voz contra Cristo.

Con facilidad podemos construir una imagen de Dios a nuestra medida: un Dios que tranquiliza la conciencia, que asegura nuestros proyectos y aleja las dificultades. Sin embargo, el verdadero Dios se nos revela en la cruz, en el amor que se entrega hasta el extremo, en la verdad que exige coherencia, en la justicia que defiende la dignidad de cada persona. Crucificamos a Cristo cuando no edificamos nuestra vida personal y social sobre la verdad, la justicia, la paz y la fraternidad; cuando la mentira, la violencia, el abuso de poder y la indiferencia se convierten en norma de vida.

El Evangelio de la Pasión también nos recuerda la fragilidad del corazón humano. En la Última Cena, Jesús anuncia: “Uno de ustedes me va a traicionar”, y a Pedro le advierte: “Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces”. Estas palabras no son sólo un relato del pasado; son un espejo de nuestra propia realidad. Todos podemos caer, todos podemos traicionar, todos podemos negar. La condición humana lleva consigo esa herida que nos hace vacilar en la fidelidad.

Además, vivimos en una sociedad que, con múltiples medios —la publicidad, la ideología, la presión cultural, el miedo—, intenta diluir nuestras convicciones más profundas. Se nos invita a llamar bueno a lo que no lo es, a justificar lo injustificable, a silenciar la verdad, a renunciar a nuestras raíces espirituales y a vivir como si Dios no tuviera lugar en la vida pública y personal.

Por eso, la Semana Santa es una oportunidad privilegiada para confrontarnos con la verdad de nuestro corazón y para dar un paso decidido hacia la coherencia. No basta con una emoción pasajera o con un recuerdo sentimental; estamos llamados a una conversión real, a renunciar al mal, a dejar de “crucificar” a nuestros hermanos con nuestras actitudes y a construir una vida nueva según el Evangelio.

En este camino, la Virgen María se presenta como modelo perfecto de fidelidad. Mientras muchos abandonan, Ella permanece; mientras otros traicionan, Ella cree; mientras todo parece derrumbarse, Ella espera. Aprendamos de María a permanecer firmes junto a la cruz, con un corazón fiel, confiado y lleno de amor.

Así como los primeros cristianos afirmaban: “sin el domingo no podemos vivir”, también nosotros, al concluir este tiempo cuaresmal, podemos decir con convicción: sin la Pascua no podemos vivir. Sin la celebración del misterio de la pasión,muerte y resurrección de Jesucristo, nuestra fe pierde su fundamento y nuestra vida su sentido.

Que esta Semana Santa no pase de largo en nuestra vida. Que toque nuestro corazón, lo transforme y nos haga verdaderos discípulos del Señor.

Les deseo una santa y fecunda celebración de la Pascua de Resurrección.

¡Con María, todos discípulos misioneros de Jesucristo!

* V Arzobispo de Xalapa.