La vida de las primeras comunidades cristianas, que contemplamos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, así como los textos pascuales que la liturgia sigue proclamando en estas semanas, mantienen vivo el gozo, el asombro y la esperanza al hacernos reflexionar sobre los encuentros apasionantes de Cristo resucitado con las mujeres y con los discípulos.
Estos textos nos permiten reconocernos en la experiencia de aquellos hermanos que sE encontraron con Cristo resucitado.
En efecto, no nos cuesta descubrir en nosotros la incredulidad y la dureza de corazón de Tomás.
Ante las dudas y resistencias que muchas veces tenemos para creer, caemos en la cuenta de que no nos basta el anuncio de las mujeres, ni el testimonio de los hermanos, ni la emoción de la comunidad que proclama la resurrección del Señor; sino que, como Tomás, queremos palpar, medir, tocar y comprobar por nosotros mismos. En las cuestiones de la fe, con frecuencia nos cuesta fiarnos del testimonio de los demás.
De igual modo, también nos vemos reflejados en los discípulos de Emaús. Las dificultades que afectan la vida de fe no solo tienen que ver con la incredulidad de Tomás, sino también con la desilusión de aquellos discípulos. Nuestra situación puede ir incluso más allá de la incredulidad, hasta llegar al desencanto y a la decepción en la vida cristiana.

Qué situación tan compleja cuando llegamos a sentirnos decepcionadoS de Dios, como aquellos discípulos que terminaron decepcionados de Jesús. El lenguaje de la desilusión y de la decepción revela lo que sucede en el interior del corazón: deja ver expresiones de pesimismo, fatalismo y desaliento.
Cleofás y su compañero hablan de Jesús como de alguien perteneciente ya al pasado, como de un profeta que fue derrotado y cuya causa parecía haber terminado. No habían pasado ni tres días, y ya había cambiado por completo su imagen de Jesús; ahora hablaban de Él como de alguien que fue, pero que ya se había acabado.
Cuando llega la desilusión, hay que detenerla de inmediato para no seguir cayendo; para no desacreditarlo todo, para no destruir aquello que sigue formando parte de la huella que Jesús ha dejado en nuestra vida, para no quedarnos instalados en el pesimismo, en el fatalismo y en una mirada amarga sobre lo que un día dio sentido a nuestra existencia.
La manera en que Jesús se acerca a estos discípulos y comienza a afrontar su desilusión nos deja ver que es muy difícil que la fe se extinga por completo, porque en definitiva no es una conquista personal, sino un don de Dios. Jesús removió las cenizas que habían quedado en sus corazones, y poco a poco volvió en ellos la ilusión, renació la esperanza y empezó de nuevo a latir el corazón de la fe.
La forma como Jesús actúa y la reacción de los discípulos de Emaús me hacen recordar un verso de Antonio Machado: “Creí mi hogar apagado, revolví las cenizas… me quemé la mano”.
Hace falta remover las cenizas, regresar a las raíces, hacer memoria de nuestros encuentros con Jesús, para reavivar la chispa y constatar la fuerza que tiene la fe.
La fe permanece siempre latente, dispuesta a manifestarse. A veces basta muy poco. Jesús no les dirige palabras nuevas ni sofisticadas; les anuncia lo mismo que ya habían escuchado, les vuelve a abrir las mismas Escrituras que ya conocían. Y eso bastó para que su corazón se encendiera de nuevo y se sintieran otra vez en sintonía con Él.
A partir de ese momento, muchas cosas vuelven a resultarles familiares: las Escrituras escuchadas, el modo como Jesús se las explicó, la fracción del pan y aquella presencia discreta con la que el Señor salió a su encuentro en el camino. Cuando aparece la desilusión, hace falta volver a lo que se nos anunció, a lo que hemos construido con Jesús, a sus promesas que no dejarán de cumplirse, aunque pasen los días y se acreciente la incertidumbre.
Como contemplamos en Semana Santa, el Señor camina hacia el Calvario para morir por nosotros.

Pero, como reflexionamos en este tiempo pascual, también camina hacia Emaús para alcanzarnos cuando, desanimados, no logramos superar el escándalo de la cruz. Allí se manifiesta por medio de aquello que nos resulta familiar de su vida, haciendo que
Qué situación tan compleja cuando vuelva a arder nuestro corazón.
Alegres por su resurrección, porque también a nosotros nos arde el corazón al escuchar al Señor y reencontrarnos con Él, hemos de ir con prontitud al encuentro de los hermanos que se alejan, como los discípulos de Emaús.
Dejemos que el encuentro con Cristo resucitado nos devuelva a la comunidad para anunciar a los hermanos la vida nueva que nos ha traído el Señor Jesús, conforme a la exhortación del papa León XIV:
“Como los discípulos de Emaús, también nosotros volvemos a nuestras casas con un corazón que arde de alegría. Una alegría sencilla, que no borra las heridas, sino que las ilumina.
Una alegría que nace de la certeza de que el Señor está vivo, que camina con nosotros y nos da en cada momento la posibilidad de recomenzar. Cuando por fin se sientan a la mesa con Él y parten el pan, se les abren los ojos. Y se dan cuenta de que su corazón ya ardía, aunque no lo sabían (cf. 24, 28-32). Esta es la mayor sorpresa: descubrir que bajo las cenizas del desencanto y del cansancio siempre hay un rescoldo vivo, a la espera de ser reavivado”.
¡Con María, todos discípulos misioneros de Jesucristo!
- V Arzobispo de Xalapa