La Iglesia realiza su misión sostenida por la presencia viva de Jesucristo. Él mismo lo manifestó cuando envió a los setenta y dos discípulos a los lugares por donde pensaba pasar.
No los dejó solos: su misión estaba acompañada por su presencia. Esta certeza ilumina también la primera lectura de este domingo y fortalece nuestra confianza en medio de los desafíos actuales.
A pesar de la antigua enemistad entre judíos y samaritanos, el Señor había sembrado la fe en el corazón de aquella mujer samaritana, quien, tras su encuentro con Cristo en el pozo de Sicar, se convirtió en testigo ardiente, anunciando con alegría lo que había visto y oído. Ahora contemplamos cómo esa semilla da fruto: Samaria acoge la Palabra predicada por Felipe, y la Iglesia apostólica, en actitud profundamente sinodal, envía a Pedro y Juan para orar e imponer las manos, de modo que los nuevos creyentes reciban el Espíritu Santo.
Se revela así una Iglesia en comunión, donde cada ministerio se pone al servicio del crecimiento del Reino. Los apóstoles, dedicados a la oración y a la predicación, permiten que la gracia se extienda y madure. No improvisan: disciernen, acompañan y confirman la obra de Dios. Este dinamismo sigue siendo actual y urgente para nuestra Iglesia.
Conforme a los que meditamos la semana pasada, los apóstoles habían resuelto dedicarse de lleno a la oración y a la predicación, para que otros atendieran las dificultades que se iban presentando. ¡Cuánto bien hicieron al dedicar toda su vida al anuncio del evangelio! Aquí contemplamos los resultados de este ministerio, al evangelizar y actuar de manera sinodal para que el Señor Jesús fuera conocido, alabado y amado por todos los hombres.
Refiriéndose a la Iglesia apostólica el Papa Francisco destaca: «El libro de los Hechos revela la naturaleza de la Iglesia, que no es una fortaleza, sino una tienda capaz de ampliar su espacio (cfr. Is54,2) y de dar cabida a todos. La Iglesia o es “en salida” o no es Iglesia, o está en camino, ampliando siempre su espacio para que todos puedan entrar, o no es Iglesia (…). Las iglesias siempre deben tener las puertas abiertas porque son el símbolo de lo que es una iglesia. La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre (…). De ese modo, si alguien quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca buscando a Dios, no se encontrará con la frialdad de unas puertas cerradas».
En continuidad con esta enseñanza, el Papa León XIV ha insistido en que “la Iglesia está llamada a abrir caminos de esperanza donde parecía que todo estaba cerrado; el Espíritu Santo es quien diseña estos nuevos mapas en el corazón de los creyentes”. Esta afirmación nos invita a no conformarnos con conservar lo que ya existe, sino a dejarnos impulsar por el Espíritu hacia nuevos horizontes de evangelización.

En el Evangelio, Jesús consuela a sus discípulos asegurándoles que no los dejará desamparados. Promete al Paráclito, el Espíritu de la verdad, que permanecerá con ellos. En medio de su propia angustia, el Señor piensa en los suyos. Este amor “hasta el extremo” revela el corazón de Cristo, que siguE acompañando a su Iglesia en cada tiempo.
San Juan de Ávila explica de esta manera la acción del Paráclito que promete el Señor: “Así como Jesucristo predicaba, así ahora el Espíritu Santo predica; así como enseñaba, así el Espíritu Santo enseña; así como Cristo consolaba, el Espíritu Santo consuela y alegra. ¿Qué pides? ¿Qué buscas? ¿Qué quieres más? ¡Que tengas tú dentro de ti un consejero, un administrador, uno que te guíe, que te aconseje, que te esfuerce, que te encamine, que te acompañe en todo y por todo! Finalmente, si no pierdes la gracia, andará tan a tu lado, que nada puedas hacer, ni decir, ni pensar que no pase por su mano y santo consejo. Será tu amigo fiel y verdadero; jamás te dejará si tú no le dejas…” (Sermón sobre el Espíritu Santo, 30, 4).
Igual que procedieron los apóstoles, nos toca a nosotros orar, predicar y asegurarnos que los hermanos, que se convierten al Señor, reciban el don del Espíritu Santo. No podemos perder la esperanza respecto de los lugares, situaciones y personas que rechazan la palabra de Dios, pues como sucede en el caso de Samaria nos toca pasar donde Jesús se hizo presente y regresar sobre los lugares que han sido tocados por la gracia, para completar la obra del Señor.
Las barreras culturales y religiosas quedaron superadas con el anuncio de la palabra y la recepción del Espíritu Santo, que en este caso concreto tiene el poder de vencer la enemistad entre judíos y samaritanos. El Espíritu Santo viene a reparar las brechas y a sanar las heridas de la división, el odio y los antagonismos entre los hombres.

Por otra parte, el Espíritu Santo también hace posible que sepamos dar razón de nuestra esperanza, como recomienda el apóstol San Pedro. No se trata simplemente de pedir habilidades discursivas ni capacidades oratorias para saber dialogar con quien no acepta la fe, sino ser capaces de irradiar el fuego del Espíritu Santo en la medida que amamos a las personas y logramos que sientan de verdad la preocupación y el amor que sentimos por ellas.
Pedro nos exhorta a defender lo que creemos, pero más que con razones, con la compasión y el amor a los demás.
Por eso, ante el rechazo y los ataques debemos tener la disposición, que solo da el Espíritu, de participar del dolor y humillación del crucificado. Como dice San Pedro en su primera carta: “Pues mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal”.
Al celebrar este domingo a nuestras mamás deseo, además de felicitarlas y enviarles mi bendición, invitar a todas las familias que elevamos una oración especial por todas ellas. Queridas mamás: su misión es profundamente evangelizadora. En medio del cansancio, de las incomprensiones o de la falta de reconocimiento, no pierdan el ánimo. Ustedes también son enviadas. Jesucristo Resucitado pasa por sus hogares a través de su entrega cotidiana.
Permanezcan firmes en el amor de Cristo. Allí encontrarán la fuerza del Espíritu Santo que sostiene, consuela y renueva.
Que María, Madre de la Iglesia, interceda por nosotros, para que, fieles a nuestra misión, sepamos vivir como discípulos misioneros, abiertos al Espíritu Santo que todo lo renueva.
Con María, todos discípulos misioneros de Jesucristo.
- V Arzobispo de Xalapa