Prevén temporada intensa de huracanes en el Pacífico mexicano; esperan entre 18 y 21 eventos este año

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  • La costa occidental del país tendría mayor actividad ciclónica por condiciones asociadas al fenómeno de El Niño y al calentamiento oceánico.

La temporada de huracanes 2026 en México se perfila como un periodo de contrastes marcados entre los océanos Pacífico y Atlántico. Mientras en el Pacífico iniciará el 15 de mayo, en el Atlántico comenzará el 1 de junio; en ambas cuencas concluirá el 30 de noviembre. Sin embargo, más allá del calendario, las diferencias en la actividad ciclónica estarán determinadas por un factor clave: la influencia del fenómeno El Niño.
De acuerdo con especialistas del Instituto de Ciencias Atmosféricas y Cambio Climático (ICAyCC) de la UNAM, entre ellos Jorge Zavala Hidalgo y Christian Domínguez Sarmiento, este fenómeno modificará las condiciones atmosféricas de manera desigual en ambas regiones.
Según el pronóstico del Servicio Meteorológico Nacional, en el Atlántico se prevé la formación de entre 11 y 15 ciclones tropicales, una cifra cercana al promedio histórico. Esto se debe a que El Niño incrementa la cizalladura del viento –es decir, las variaciones entre el viento en niveles bajos y altos de la troposfera, por ejemplo entre dos y 8 km de altura–, lo que dificulta el desarrollo de estos sistemas. En contraste, el Pacífico oriental podría registrar entre 18 y 21 ciclones, superando el promedio climatológico debido a condiciones más favorables para su formación.
Para dimensionar este escenario, basta considerar que México recibe en promedio alrededor de 5.4 impactos de ciclones tropicales al año en sus costas, según registros históricos del propio Servicio Meteorológico Nacional, que contabilizan cerca de 270 eventos en los últimos 50 años. Este dato permite entender la recurrencia de estos fenómenos y la importancia de su monitoreo.

Diferencias regionales

La influencia de El Niño no sólo modifica la cantidad de ciclones, sino también sus características. Este fenómeno tiende a reducir la actividad en el Atlántico y favorece la ocurrencia de sistemas más intensos en el Pacífico, incluyendo huracanes de categorías mayores –como 4 o 5–, aunque no todos impacten en territorio mexicano, destacó Domínguez Sarmiento.
En el Pacífico mexicano, este fenómeno provoca el desplazamiento de aguas más cálidas desde la región ecuatorial central hacia el pacífico nororiental, frente a las costas mexicanas. Este proceso, asociado a ondas de calor oceánicas, incrementa el contenido energético disponible para la formación e intensificación de los ciclones, especialmente entre agosto y noviembre.
Durante ese mismo periodo puede presentarse la llamada canícula, una disminución temporal de lluvias y, en algunos casos, de actividad ciclónica, seguida de un repunte posterior, comentó Zavala Hidalgo. Este comportamiento refleja la variabilidad natural de la temporada y la complejidad de los factores que la determinan.

Factores de formación

Más allá del pronóstico, entender cómo se forman los huracanes permite dimensionar mejor su comportamiento. Para que estos sistemas se desarrollen, deben coincidir diversas condiciones oceánicas y atmosféricas, explicó la investigadora del ICAyCC.
Entre ellas destaca que la temperatura de la superficie del mar supere los 26.5 o 27 °C y que exista una capa de agua cálida con suficiente profundidad. También se requiere un entorno atmosférico relativamente estable, sin cambios bruscos en la velocidad y dirección del viento entre distintos niveles de la atmósfera, así como un disturbio inicial que actúe como detonante.
A estos factores, agregó, se suma la humedad atmosférica, que favorece la formación de nubosidad y tormentas. En contraste, la presencia de vientos intensos en niveles altos –característica que se observa en el Atlántico durante El Niño– puede inhibir el desarrollo ciclónico, incluso cuando el océano presenta temperaturas adecuadas.
Una vez formados, los ciclones no siguen trayectorias aleatorias. Su desplazamiento depende de la interacción con sistemas de alta y baja presión. Por ello, cada ciclón evoluciona de manera distinta.

Marea de tormenta

El peligro de los ciclones tropicales no se limita a la fuerza de sus vientos. De hecho, sus efectos más destructivos suelen estar asociados al agua.
Resaltó que las lluvias intensas pueden provocar inundaciones, desbordamientos de ríos y afectaciones incluso en zonas alejadas del punto de impacto. En regiones montañosas, además, existe el riesgo de deslaves, lo que incrementa la vulnerabilidad de muchas comunidades.
Otro fenómeno particularmente peligroso es la marea de tormenta: una elevación anormal del nivel del mar acompañada de oleaje que puede penetrar tierra adentro con gran capacidad destructiva. A esto se suma que la intensidad de un huracán no siempre determina el nivel de daño, ya que factores como su velocidad de desplazamiento pueden amplificar sus efectos.

Más potentes y peligrosos

En años recientes, diversos estudios han identificado cambios en el comportamiento de los ciclones tropicales a nivel global. Entre ellos destaca el aumento en la proporción de huracanes de gran intensidad, categorías 4 y 5, así como una mayor frecuencia de intensificación rápida, procesos en los que los sistemas ganan fuerza en periodos muy cortos.
En este caso el estudio “Global increase in major tropical cyclone exceedance probability over the past four decades” (consultar https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.1920849117) documentó un incremento significativo en la probabilidad de que los ciclones tropicales alcancen categorías mayores en distintas regiones del mundo.
Estas tendencias están asociadas al calentamiento de la superficie del mar y al mayor contenido de calor en las capas superiores del océano, lo que proporciona más energía para el desarrollo ciclónico. Asimismo, una atmósfera más cálida puede retener más humedad, lo que permite transferir más energía al interior del ciclón durante el proceso de condensación, además de que se traduce en lluvias más intensas.
Por citar un ejemplo, el estudio “La probabilidad de que los huracanes experimenten una intensificación rápida aumenta en un 50 % durante las olas de calor marinas” (véase https://www.nature.com/articles/s43247-024-01578-2), elaborado por investigadores estadunidenses, señala que las olas de calor marinas se consolidan como variables clave para comprender el fortalecimiento acelerado de los huracanes y como elementos indispensables para mejorar su diagnóstico.
No obstante, Domínguez Sarmiento señaló que estas conclusiones deben interpretarse con cautela, ya que los registros históricos confiables abarcan apenas algunas décadas –particularmente desde la era satelital–, lo que limita el análisis de tendencias de largo plazo. Además, factores naturales como El Niño continúan influyendo de manera significativa en la actividad ciclónica.
Aun así, la evidencia apunta a una ligera tendencia hacia ciclones más intensos en ciertas regiones.

Prevención y retos institucionales

Desde el punto de vista social, la temporada de huracanes evidencia la necesidad de fortalecer la cultura de prevención en México. Para la investigadora del ICAyCC, es fundamental que la población, especialmente en zonas costeras, se mantenga informada y comprenda los diferentes niveles de alerta, ya que muchos no consultan pronósticos meteorológicos ni conocen los sistemas de alerta temprana.
Por su parte, Zavala Hidalgo indicó que, aunque el monitoreo actual contempla tanto la atmósfera como las condiciones generales del océano, factores clave para comprender y anticipar los efectos de los ciclones tropicales, es necesario profundizar en el análisis de la temperatura superficial del mar y de las capas superiores del océano, particularmente en los primeros 100 metros donde se concentra la energía que alimenta a los huracanes. Este enfoque integral permite mejorar los pronósticos.
En paralelo, el monitoreo de ciclones ha avanzado gracias al uso de satélites, redes de boyas, estaciones terrestres y herramientas como los aviones cazahuracanes, que permiten obtener mediciones directas dentro de estos sistemas, especialmente en el Atlántico.
Sin embargo, persisten retos importantes. En el Pacífico mexicano, por ejemplo, la cobertura de observación es menor, lo que hace necesario fortalecer la infraestructura y el análisis de variables clave como la temperatura del océano en sus capas superiores, donde se concentra la energía que alimenta a los huracanes.
La colaboración internacional resulta esencial. Integrar datos en redes globales y el uso de modelos de pronóstico por “ensambles” mejora la precisión de las proyecciones y el desarrollo de alertas tempranas.
En México, estos esfuerzos se complementan con sistemas de alerta y el desarrollo de notificaciones directas a teléfonos celulares. No obstante, su efectividad depende de integrar una estrategia que incluya educación, información y preparación social.

  • Redactor: Pepe Herrera