Hay una oración profundamente conmovedora en la segunda lectura de este domingo. San Pablo suplica al Padre que ilumine los ojos de nuestro corazón y nos conceda espíritu de sabiduría y revelación para conocer verdaderamente a Cristo y penetrar en la grandeza de sus misterios (cf. Ef 1,17-18). Esa misma gracia necesitamos hoy al celebrar la Ascensión del Señor.
No basta contemplar este misterio; es necesario comprenderlo desde la fe. Porque la Ascensión no es la despedida triste de Jesús, sino la culminación gloriosa de su misión terrena y el comienzo de una nueva etapa para la Iglesia.
Después de recorrer durante la liturgia toda la vida pública del Señor —sus palabras, milagros, encuentros, su pasión, muerte y resurrección— también nosotros sentimos brotar del corazón una admiración profunda: ¡Qué hermosa ha sido la vida de Jesús! ¡Qué manera de amar! ¡Qué pureza de corazón! ¡Qué ternura para acercarse a los pequeños, a los pobres, a los pecadores y a los que sufren!
No es extraño que quienes lo conocieron quedaran cautivados por Él. El Evangelio recoge el asombro de la gente: “Todo lo ha hecho bien” (Mc 7,37). Y en otra ocasión: “Nunca habíamos visto nada semejante” (cf. Mc 2,12).
También nosotros, al contemplar su paso por nuestra historia, podemos decir con gratitud: nadie ha amado como Él.

Pero precisamente porque su amor ha sido tan grande, podría parecer que la Ascensión tendría que llenarnos de tristeza. Sin embargo, el Evangelio nos revela lo contrario. Los discípulos no quedan hundidos en la nostalgia; quedan transformados por una esperanza nueva.
¿Por qué? Porque en la Ascensión descubrimos tres certezas que sostienen nuestra fe.
Primero: hemos sido profundamente amados.
Jesús no pasó por nuestra vida de manera distante o superficial. Nos llamó amigos. Nos reveló el rostro del Padre. Compartió con nosotros su intimidad. Se arrodilló para lavar los pies de sus discípulos. Tuvo paciencia con sus fragilidades. Nunca dejó de creer en ellos. Los sostuvo en sus caídas. Los fortaleció en sus miedos.
Jesús mostró a cada uno su propia dignidad. Porque amar es precisamente eso: ayudar al otro a descubrir su belleza ante los ojos de Dios.
Por eso, después de la Pascua, los discípulos dejaron atrás el miedo y entregaron completamente su vida al anuncio del Evangelio. El encuentro con Cristo resucitado les devolvió la alegría, la paz, la valentía y la esperanza.
Quien se sabe amado por Cristo ya no puede vivir igual.
Segundo: hemos sido enviados.
Mientras los discípulos permanecen mirando al cielo durante la Ascensión, los ángeles los interpelan con firmeza: “Galileos, ¿qué hacen ahí mirando al cielo?” (Hch 1,11).
No es un reproche a la contemplación, sino una llamada a la misión.

La fe no nos encierra en experiencias espirituales intimistas; nos lanza al mundo.
Jesús confía a sus discípulos una tarea inmensa: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos” (Mt 28,19).
Qué extraordinario privilegio: ser enviados en nombre del Señor.
No vamos por cuenta propia. No anunciamos ideas personales. No llevamos un mensaje humano. Somos enviados por Cristo mismo.
Por eso evangelizar no nace de una obligación fría, sino del impulso de un corazón agradecido. Quien ha experimentado el amor de Jesús siente la urgencia de compartirlo.
Como aquellos enfermos curados, pecadores perdonados y personas transformadas por el Señor, tampoco nosotros podemos callar lo que hemos visto y oído.
El amor nos urge.
Nos urge a anunciar a Cristo, a llevar esperanza, a despertar alegría, a encender corazones, a hacer presente su misericordia.
Tercero: Estamos acompañados.
La despedida queda transfigurada por una promesa que atraviesa los siglos:
“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Estas palabras bastan para sostener toda una vida.
Jesús asciende, sí, pero no abandona.
Su presencia cambia de modo, no desaparece.
Permanece en su Palabra. Permanece en la Eucaristía. Permanece en su Iglesia. Permanece en María. Permanece en los pobres. Permanece en quienes sufren. Permanece en quienes anuncian su nombre.
El amor verdadero no desaparece. El amor permanece.
La Ascensión no levanta una barrera entre el cielo y la tierra; abre un puente definitivo entre Dios y la humanidad.
Como decía san Ambrosio: “Descendió Dios; ascendió el hombre.”
Y san Zenón expresaba con profundidad este misterio: “Aquel que descendió puro del cielo, retorna al cielo revestido de carne.”
Cristo lleva consigo nuestra humanidad glorificada. En Él, nuestra carne ha entrado en el cielo. En Él contemplamos anticipadamente nuestro destino definitivo.
Por eso la Ascensión no habla de ausencia, sino de esperanza.
Hemos sido amados. Hemos sido enviados. Hemos sido acompañados.
Y por eso la Iglesia no se queda mirando al cielo con nostalgia.
La Iglesia camina, anuncia, sirve y espera.
Porque Cristo ha subido al cielo… pero permanece para siempre con nosotros.
* V Arzobispo de Xalapa