La ATP tenía campeones, ahora tiene niñatos como Alexander Zverev

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En sus muchos años como profesional, John McEnroe dejó algunas escenas memorables sobre una pista de tenis. Rompió un trofeo de un raquetazo, se enfrentó verbalmente a varios jueces de silla, desafió al público cuando este se ponía en su contra… No vamos a justificar ahora al estadounidense.
Esas imágenes, con el paso del tiempo, adquieren menos sentido y nos dejan más sorprendidos.
Ahora bien, a McEnroe le expulsaban del torneo de Estocolmo, pero luego te ganaba dos grandes seguidos. Montaba el show en Wimbledon, pero luego ganaba el título tres veces. Rozaba el enfrentamiento físico con Jimmy Connors en Flushing Meadows, pero luego levantaba el trofeo en cuatro ocasiones…
¿A qué voy? A que la excentricidad ha existido siempre. Y han existido los malos modos. Y a menudo nos quejamos de esta generación de cristal que pierde los nervios porque “es que el otro ha tardado mucho en el baño”.
Lo que no habíamos visto nunca hasta ahora es coger una raqueta y liarte a golpetazos contra la silla del árbitro, que es lo que hizo Alexander Zverev esta madrugada en Acapulco.
Me da igual si en realidad le da en ese pie que el juez de silla aparta en el último momento o si no llega a tocarle. Agredir tiene que ser algo más que una cuestión de puntería. Si lo que hizo el alemán no se considera una agresión, sinceramente, no sé qué más hay que esperar. ¿Qué le espere con un machete fuera del complejo?
Esta actitud de niñato que no sabe perder -y eso que era la segunda ronda del torneo de dobles-, que no acepta que el árbitro se equivocara en una decisión -se equivocó, desde luego, como tantas veces desde que se inventó este juego- y que cree que, como es el número tres del mundo, se le va a permitir cualquier cosa, es insólita.
Yo no recuerdo a nadie hacer eso en una pista de tenis. Que yo no lo recuerde no quiere decir que no haya sucedido jamás, pero al más alto nivel… me cuesta pensarlo, la verdad. Cabreos monumentales, muchísimos. Ir con la raqueta a pegar raquetazos al cubículo del que el juez no puede salir… nunca, en serio.
Algo así es intolerable en cualquier caso, pero cuando el que lo hace es un tipo que va a cumplir 25 años y ha dedicado su carrera a desperdiciar un talento único duele más.


Zverev debería llevar ya tres o cuatro grandes y un buen montón de torneos de segunda fila. Ya desde que debutó con los profesionales a los 18 años se veía que era especial, un chico distinto, un elegido. No ha hecho absolutamente nada por dar el salto al número uno y, así, ha visto como Medvedev -menos talento, peor trayectoria como junior- le adelantaba y, de seguir así, pronto lo hará la generación de los Sinner, Aliassime, Alcaraz, etc.
Pero no solo es Zverev, claro. El propio Medvedev se pasó todo el Open de Australia insultando a todo el mundo mientras los jueces de silla preferían mirar a otro lado.
Las raquetas rotas se multiplican tras cada pelota a la red. Incluso Novak Djokovic, con todo su rollo zen y su “mens sana in corpore sano” ha perdido los papeles de manera ridícula en los últimos años en numerosas ocasiones.
Hay un punto de violencia soterrada en el tenis actual que convendría controlar antes de que se vaya de madre.
La ATP tiene que actuar y ser estricta. Tiene que dar más autoridad a sus jueces de silla, porque a los directores de los torneos les va mucho en que sus muy bien pagadas estrellas hagan lo que les dé la gana.
Entiendo que determinados aficionados acabarán hartos de la excesiva corrección Federer-Nadal, pero hay términos medios. Zverev ha acabado expulsado del torneo de Acapulco, culminando dos años de fiestas en pandemia, de mensajes erráticos, de títulos perdidos inexplicablemente y de esas acusaciones de su ex novia por violencia de género que siguen colgando sin que el caso acabe por resolverse.
Me preocupa mucho Zverev, pero me preocupa mucho más su ejemplo. Es intolerable que otros profesionales, o que otros aspirantes a profesionales vean que eso se puede hacer y solo te cuesta un cero en un torneo. Es un precio baratísimo por romper una de las reglas básicas de cualquier deporte: al árbitro no se le toca. Bajo ninguna circunstancia.
Hubo un tiempo -hace mucho- en el que casi cualquier discusión era “warning”. Ahora, esa figura se reserva para tonterías como el “coaching” o tardar mucho en sacar.
Necesitamos algo parecido a un sistema de valores. Manda quien manda y el resto lo acepta. Sin eso, que parece tan básico, no hay nada que hacer.
Puede que el propio ojo de halcón haya reducido la tolerancia de los jugadores al error, pero si las reglas son esas y en dobles no hay ojo de halcón en este torneo concreto, tienes que aceptarlo.
Puede, en definitiva, que McEnroe tuviera algo de “niñato”, sobre todo a finales de los 70 y principios de los 80, pero al menos era un campeón y hasta él conocía sus límites. Zverev, con sus cero grandes a cuestas, es un niñato sin matices. Y la cosa no se puede quedar aquí. De verdad, si todo se salda con la expulsión de un ATP 500, ¿qué impide a los demás repetirlo?
Y, lo más importante, ¿cómo lo paras luego?

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